Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- La inscripción de la fachada
- La figura de cerámica sin brazo
- Los fragmentos antiguos de la figura
- Las vitrinas del museo
La historia del lugar
En la fachada está escrito: «Museo Chileno de Arte Precolombino». «Chileno» se refiere aquí al país donde se creó el museo, no al origen de todas las piezas expuestas. En su interior se conservan objetos de pueblos de ambas Américas. La palabra «precolombino» traza una frontera convencional en el viaje de Cristóbal Colón y la posterior conquista europea del continente.
La base de la colección la creó el arquitecto chileno Sergio Larraín García-Moreno. En la década de mil novecientos setenta comprendió que la colección que había reunido durante décadas podía dispersarse tras su muerte. Larraín propuso entregarla a universidades e instituciones estatales, hasta que su idea recibió el apoyo del alcalde de Santiago, Patricio Mekis. La municipalidad proporcionó el edificio y asumió los gastos de su mantenimiento, mientras que la familia Larraín creó una fundación para conservar, estudiar y exhibir las piezas.
El museo se instaló en el Palacio de la Real Aduana. Lo construyeron entre mil ochocientos cinco y mil ochocientos siete; después albergó la Biblioteca Nacional de Chile y los tribunales municipales. En mil novecientos sesenta y ocho, un incendio destruyó una parte considerable de las dependencias. Tras su restauración trasladaron aquí la colección de Larraín, y en diciembre de mil novecientos ochenta y uno el museo recibió a sus primeros visitantes.
Cuatro años después, sus trabajadores tuvieron que averiguar qué significa exactamente «conservar» una pieza antigua. El tres de marzo de mil novecientos ochenta y cinco, un terremoto hizo saltar las ventanas del museo y dañó varias piezas expuestas. La que más sufrió fue una figura hueca de cerámica procedente de Veracruz, en México, de un metro y diez centímetros de altura. Se la suele llamar Xipé Totec, una representación de la divinidad mesoamericana de la renovación, aunque algunos investigadores ven en ella a otro dios. La figura se desprendió de su soporte y quedó casi completamente rota.
Ese día llegó a Santiago la arqueóloga británica Margot Wright. Ayudó al personal a asegurar los objetos que habían sobrevivido dentro de las vitrinas rotas y luego a elaborar normas de actuación ante nuevos terremotos. El edificio permaneció cerrado unos siete meses. La figura planteaba un problema más difícil: podían enviarla a especialistas de Estados Unidos, pero ese trabajo costaba demasiado. Los restauradores locales aún tenían que demostrar que podían encargarse de una de las principales piezas del museo.
Cuatro años después, la restauración se encargó al restaurador del museo Luis Solar. Junto con María Sagredo y María Victoria Carvajal, comenzó a unir los fragmentos. Entonces se descubrió que la figura ya había sido reparada antes del terremoto. Cuando llegó a manos de Larraín, ya le faltaba un brazo; antes de la apertura del museo, esa pérdida se cubrió con una pieza añadida moderna.
El equipo podía volver a presentar a los visitantes una estatua de apariencia intacta. Solar, Sagredo y Carvajal eligieron otra opción: reunieron los fragmentos antiguos, retiraron el brazo añadido y documentaron detalladamente el proceso de restauración. La figura sigue sin ese brazo. No falta por un trabajo inacabado: los restauradores decidieron deliberadamente no hacer pasar la adición de mil novecientos ochenta por cerámica antigua.
Información práctica
Planifique la visita a la exposición por separado y confirme el acceso con antelación; sin entrar, la parada funciona a través de la biografía del propio edificio.
