Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- Bóvedas de ladrillo
- Cauce colmatado
- Antiguos cimientos
- Vitrinas arqueológicas
La historia del lugar
Bajo las bóvedas de ladrillo, el agua de lluvia de las alturas de la ciudad bajaba en otro tiempo hasta el Río de la Plata. El arroyo Tercero del Sur pasaba bajo el patio actual, giraba a lo largo del Pasaje San Lorenzo y, en la época de la refundación de la ciudad, servía de límite sur. Ahora varias casas están unidas por un recorrido subterráneo: junto al antiguo cauce quedan los cimientos de las construcciones anteriores, y en las vitrinas se reúnen objetos extraídos del relleno. Sobre los túneles, las habitaciones restauradas albergan exposiciones y actividades urbanas.
Jorge Eckstein compró esta casa semiderruida para abrir un restaurante. Era químico, producía aceites alimentarios y después industriales, y buscaba una nueva inversión para el dinero que había ganado. En mil novecientos ochenta y cinco, el edificio abandonado de Defensa le costó aproximadamente lo mismo que dos automóviles. El riesgo era evidente: la casa no se podía demoler, tampoco se podía construir un edificio nuevo en su lugar, y la planta baja estaba bajo cuatro metros de basura y escombros.
Un año después, el arquitecto que examinaba los cimientos de la casa encontró debajo una galería seca de ladrillo, con bóveda de medio punto. Dentro había botellas, fragmentos de cerámica, azulejos, antiguos cimientos y un cauce colmatado. La galería servía de desagüe para el Tercero del Sur, uno de los pequeños arroyos por los que el agua de lluvia descendía desde las alturas de la ciudad hasta el Río de la Plata. Cuando Juan de Garay refundó Buenos Aires en mil quinientos ochenta, este arroyo marcaba el límite sur de la ciudad. Pasaba justo bajo el patio actual, giraba a lo largo del Pasaje San Lorenzo y desembocaba en el río, cuya orilla se encontraba entonces cerca de la actual avenida Paseo Colón.
El nombre «Granados» también procedía de esta orilla. Los antiguos recuerdos de la ciudad lo relacionan con la familia Granados, propietaria de tierras junto a la zanja y famosa por sus pastelitos de hojaldre. Una versión popular local habla de dos hermanas que los vendían cerca del puente; sus nombres y los detalles de aquel comercio no están establecidos de forma fiable. El apellido quedó vinculado al tramo del arroyo que atravesaba la propiedad de los Granados y después pasó al museo actual.
El hallazgo hizo que Eckstein renunciara al restaurante. Invitó a especialistas en arqueología urbana y trabajó abajo con los constructores doce horas al día. Solo de la primera galería retiraron ciento treinta y cinco camiones de relleno, y la tierra se desmontaba de modo que los objetos de los antiguos habitantes no acabaran entre la basura. En dos años, los investigadores catalogaron más de doce mil hallazgos.
Cuando fue necesario saber si la bóveda continuaba bajo la casa vecina, el anciano cuidador de un conventillo mostró una trampilla en el suelo de una de las habitaciones. Debajo había una galería de ladrillo igual, llena hasta el techo. Eckstein propuso alquilar el terreno subterráneo durante diez años a cambio de limpiarlo y, más tarde, compró el edificio vecino por el lado de Chile. Así, una cavidad aislada bajo el patio se convirtió en un recorrido subterráneo continuo.
Eckstein dejó la producción de aceites en manos de su hijo y dedicó treinta y ocho años a restaurar estas casas y túneles. La primera parte del conjunto se abrió a los visitantes en dos mil uno. Ahora se realizan visitas guiadas por los desagües de ladrillo, los objetos hallados se exhiben en vitrinas y las habitaciones restauradas sobre ellos se usan para exposiciones y eventos. El restaurante nunca llegó a existir: bajo la sala que se había previsto para él quedó una bóveda seca, por la que el propietario cambió por completo de ocupación.
Información práctica
Todos los días 11:00–17:00; solo visitas guiadas; consulte en el sitio web los horarios y los idiomas disponibles.
Comprobado: 1 de julio de 2026. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.Los espacios subterráneos se visitan con acompañamiento, por lo que hay que organizar la visita con antelación. Allí hay poco espacio y las escaleras pueden resultar incómodas; sin visita guiada, limítese a observar la casa desde fuera.
