Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- Fachada del templo
- Muros gruesos del Exconvento de Santo Domingo de Guzmán
- Entrada al Museo de las Culturas de Oaxaca
- Tejados del conjunto
La historia del lugar
Tras la fachada comienza un espacio mucho mayor que una sola iglesia: al templo se unen antiguos cuerpos y patios interiores, conectados por tejados. Sus gruesos muros de piedra parecen los de una fortaleza; un contemporáneo consideraba que, en solidez, casi podían compararse con una fortaleza. Después de un largo período de otros usos, el templo recuperó los oficios religiosos y las dependencias vecinas pasaron a albergar el Museo de las Culturas de Oaxaca. Así, bajo una misma línea de cubierta, hoy conviven un templo en uso y un museo.
Santo Domingo de Guzmán está hoy dividido por funciones: el templo sigue en uso, mientras que el Exconvento de Santo Domingo de Guzmán contiguo alberga el Museo de las Culturas de Oaxaca. Su nombre completo significa «templo de Santo Domingo de Guzmán». El sacerdote castellano Domingo fundó, a comienzos del siglo trece, la Orden de Predicadores, los dominicos. En el siglo dieciséis, los monjes de esta orden construyeron aquí el templo y la residencia para su misión en Oaxaca, por lo que dieron al conjunto el nombre de su fundador.
Los gruesos muros del monasterio también resultaron útiles a personas con intenciones muy distintas. A mediados del siglo diecinueve, parte de las dependencias estaba ocupada por un batallón en servicio, y aquí mismo se retenía a prisioneros. Porfirio Díaz recordó más tarde que el monasterio casi no cedía en solidez ante una fortaleza.
En mil ochocientos cincuenta y cuatro, el presidente Antonio López de Santa Anna perseguía a los liberales que preparaban una rebelión contra su gobierno. Tras interceptar correspondencia cifrada, encarcelaron en Santo Domingo a Marcos Pérez, abogado oaxaqueño y organizador de la conspiración que buscaba sumar la ciudad a la rebelión. Para él eligieron La Torrecilla, una prisión especial del monasterio de unos tres metros de largo y unos dos metros de ancho. Una alta ventana enrejada daba al patio de la sacristía y, tras una doble puerta, montaba guardia un destacamento de unos cincuenta soldados.
Quien decidió advertir a Pérez fue su alumno y enlace de veinticuatro años, Porfirio Díaz, entonces todavía pasante de abogado. El propio Díaz recogía en correos las cartas de los conspiradores, que llegaban a un nombre ficticio, y solo evitó el arresto porque aquel día enviaron a otra persona a recoger la carta interceptada.
Díaz se ganaba la vida haciendo encargos para su tío sacerdote: entregaba correspondencia y cobraba a los inquilinos, y a cambio recibía una habitación y algo de dinero. Uno de los deudores resultó ser el coronel Pascual León, el fiscal que llevaba el caso de Pérez. El pagador moroso hacía esperar largo rato al cobrador en su despacho mientras él desayunaba. Una vez, Díaz vio sobre la mesa el expediente de instrucción y logró leer las declaraciones de los cómplices de Pérez. Ahora había que comunicar al prisionero exactamente qué sabía la acusación.
Hacia medianoche, Porfirio y su hermano menor Félix llegaron al jardín del monasterio con una cuerda. Uno se subía a los hombros del otro, alcanzaba la parte superior y tiraba después de su hermano. Así escalaron un muro de cuatro metros, caminaron por los tejados de la panadería y la cocina común del monasterio y, en la cubierta principal, se tendieron y avanzaron arrastrándose entre los centinelas. Los hermanos determinaban la posición de los guardias por el pase de lista, que se repetía cada quince minutos.
Sobre La Torrecilla, Félix sujetaba la cuerda mientras Porfirio descendía hasta la ventana y se agarraba con las manos a la reja. Justo debajo de él había un centinela, a quien el grosor del muro impedía ver lo que ocurría más arriba. Para despertar a Pérez, Díaz raspó con las uñas un poco de mortero y lanzó las migas al interior. Pérez se levantó, se puso las botas, empezó a caminar por la celda y a leer salmos en latín, acercándose poco a poco a la ventana. Pidió que le llevaran papel y lápiz. Dos noches después, los hermanos repitieron todo el recorrido.
Tras las gestiones de los amigos de Pérez, lo trasladaron a otra celda del mismo monasterio, con las ventanas hacia el atrio. Allí la comunicación se simplificó: Díaz se colocaba en el tejado de la casa de enfrente y componía mensajes mostrando cada letra en una hoja aparte. Así informó a Pérez de la amnistía aprobada. La amnistía liberó al prisionero; Díaz, por su parte, tuvo que dejar su puesto de bibliotecario cuando el comandante del batallón, Marcial López de Lascano, se enteró de las incursiones nocturnas. Añadieron más centinelas al tejado del monasterio y soltaron perros.
Casi medio siglo después, el arzobispo Eulogio Gillow procuró que el templo recuperara su función anterior. El presidente Díaz apoyó su petición y, en mil novecientos dos, Santo Domingo volvió a abrirse al culto. Los antiguos cuerpos del monasterio están hoy ocupados por el museo. La ventana de La Torrecilla no daba a la plaza frente a la fachada, sino al patio interior de la sacristía, en el fondo del mismo conjunto.
Información práctica
Compruebe en el lugar el acceso al templo. El Museo de las Culturas de Oaxaca, en el Exconvento de Santo Domingo de Guzmán, según el INAH: martes — sábado 10:00–16:00; los boletos en la página del INAH se indican por separado para ciudadanos de México y visitantes extranjeros. Tras los cambios de 2025, no considere el jardín de acceso libre: el sitio oficial pide dirigirse a la oficina competente para consultas sobre visitas turísticas y escolares.
Comprobado: 29 de junio de 2026. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.En el templo, respete las normas propias de un espacio religioso en uso. El museo se visita por separado, y el acceso al Jardín Etnobotánico de Oaxaca depende de las normas vigentes y de los programas organizados: consúltelos antes de acudir.
