Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- Dos botas de bronce
- Cañas huecas
- Espacio para fotografiarse dentro de una bota
La historia del lugar
En el verano de mil novecientos noventa y cuatro, los trabajadores del ayuntamiento comenzaron a romper las enormes botas de cemento junto al Puente Heredia. Se prometió a los habitantes trasladar el monumento, pero no había nada que trasladar: el cemento se había agrietado y el armazón metálico se había oxidado. Treinta y siete años de retoques de pintura prolongaron la vida del calzado, pero ya era imposible levantarlo entero.
El escultor Héctor Lombana, hermano del hombre que ideó la composición original, se encargó de devolver el monumento. Héctor hizo un molde a partir de ella, destruyó los restos y fundió un nuevo par en bronce. Después se lo regaló a la ciudad. Para las botas preparaban un parque en Playón Grande, al pie del Castillo de San Felipe de Barajas: el antiguo lugar lo ocupaba el nuevo Puente Heredia. Así, a comienzos de noviembre, apareció frente a la fortaleza precisamente el par que se encuentra aquí ahora.
El primer par lo hizo Tito Lombana, un joven escultor que buscaba libertad para elegir el monumento dedicado al poeta cartagenero Luis Carlos López. El ayuntamiento quería perpetuar al escritor, fallecido unos años antes. Tito propuso un trato: entregaría su obra a la ciudad y los funcionarios no le dictarían qué debía modelar. En vez de una figura del poeta, en mil novecientos cincuenta y siete colocaron en un cruce vial dos botas gastadas de cemento sobre un armazón metálico.
López le dio al escultor esa forma en los últimos versos del soneto «A mi ciudad nativa». El poeta procedía de una familia modesta de comerciantes; él mismo trabajó en la tienda familiar y en periódicos. Quería hablar de Cartagena sin halagos solemnes, aunque vivía entre personas a quienes ofendían sus burlas. En el soneto aparecían primero la cruz y la espada, las carabelas y los heroicos defensores de la ciudad colonial. Luego López volvía a la Cartagena que conocía: descuidada, orgullosa de su pasado y, aun así, querida. Una ciudad así, escribió, provoca el apego que una persona siente por unos zapatos viejos.
Algunos habitantes de la ciudad entendieron la comparación como un insulto. Llamaban al monumento una fealdad y una falta de respeto hacia Cartagena: de un monumento al poeta esperaban una cabeza de bronce sobre un pedestal, y recibieron calzado gastado. Héctor Rojas Herazo, un poeta que trataba de explicar al público la idea de Lombana, defendió la obra. En su discurso enumeró los lugares adonde los zapatos de una persona llevan a su dueño: a un encuentro con la persona amada, a casa de un amigo, al hospital, al templo y al cementerio. Después de eso, en las botas empezaron a ver la biografía de una persona común, y los turistas comenzaron a fotografiarse dentro de ellas.
Frente al Castillo de San Felipe de Barajas se alzan dos obras a la vez: Tito Lombana ideó la forma y la modeló en cemento; su hermano Héctor fabricó el actual par de bronce. No queda nada del original de mil novecientos cincuenta y siete. Las personas que se suben a una bota para hacerse una foto continúan una práctica que ya había comenzado en el antiguo cruce vial frente al Puente Heredia.
Información práctica
Espacio urbano abierto; es mejor verlo con luz diurna y sin multitud junto al pedestal.
Comprobado: 26 de junio de 2026. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.Rodea la escultura a ras de suelo para observar ambas formas y la inscripción. Durante las horas de sol, el bronce y el pavimento circundante pueden calentarse mucho.
