Parada 7 de 7

Las Bóvedas

Las Bóvedas

El final mostrará cómo las dependencias militares cobraron una nueva vida gracias a los primeros arrendatarios.

20 min
Galería de Las Bóvedas en Cartagena de Indias, con arcos amarillos y tiendas de recuerdos.
Joe Ross from Lansing, Michigan · CC BY-SA 2.0; cropped/resized for app; ShareAlike applies
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En qué fijarse

  • Galería de cuarenta y siete arcos de ladrillo
  • Escudo español
  • Fecha 1798 bajo el escudo
  • Entradas a las estancias abovedadas

La historia del lugar

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Las Bóvedas significa «bóvedas». Detrás de la galería de cuarenta y siete arcos de ladrillo hay veintitrés cámaras abovedadas, calculadas para resistir el impacto de una bomba. Se construyeron para la guarnición ampliada, a fin de alojar a los soldados y guardar provisiones, armas y munición. Las troneras daban al mar y, arriba, se instalaban cañones.

En mil novecientos setenta y dos, el arquitecto Alberto Samudio trataba de encontrar arrendatarios para Las Bóvedas, recién restauradas. Dirigía la delegación de Cartagena de Indias de la Corporación Nacional de Turismo y quería que los locales vacíos no volvieran a convertirse en un vertedero. La renta mensual se rebajó a doscientos pesos, una suma que el propio Samudio calificaba de ridícula. Aun así, no había interesados. Aquel extremo del barrio de San Diego se consideraba apartado, la calle seguía sin pavimentar y algunos recintos carecían de puertas. Los primeros arrendatarios tenían que abrir el local y esperar a que salieran volando los murciélagos.

Nadie diseñó estas salas para el comercio. La palabra española «bóvedas» significa «vaults». A finales del siglo dieciocho, el ingeniero militar Antonio de Arévalo dispuso aquí veintitrés estancias abovedadas, capaces de resistir el impacto de una bomba. Estaban destinadas a alojar a los soldados de la guarnición ampliada y a almacenar víveres, armas y munición. Se podía disparar por las troneras de la fachada marítima, y en la plataforma superior se instalaba artillería. Por el lado de la ciudad, las estancias se unieron mediante una galería de cuarenta y siete arcos de ladrillo. Las obras terminaron en mil setecientos noventa y ocho: esa fecha aún figura bajo el escudo español, sobre el paso central.

Tras la restauración, impermeabilizaron los gruesos muros e incluso instalaron un aseo en cada recinto. Samudio instaló en uno de ellos un museo universitario de corales y cedió otro a un club de aficionados a las corridas de toros: después de los espectáculos en la vecina plaza de toros de La Serrezuela, entraban allí toreros y espectadores. Así, la arcada vacía tuvo sus primeros visitantes.

Entre los primeros arrendatarios estaba la escritora y actriz Petra Villalobos. Había crecido en el pobre barrio de El Boquetillo, que entonces lindaba con el exterior de la muralla, y alquiló la novena bóveda por trescientos pesos. Al principio, Petra colocó allí un futbolín. El negocio tuvo que cerrar por una razón inesperada: los alumnos de la escuela salesiana vecina se quedaban jugando y faltaban a clase; el rector se quejó a Samudio, y este pidió que sustituyeran las máquinas.

Para Petra, aquello significó perder sus ingresos, pero el contrato ya estaba firmado. Pagaba el alquiler con el sueldo que percibía en una joyería. Por consejo de una amiga, Petra invirtió otros trescientos pesos en vajilla de barro, maracas y abanicos de hojas de palma. Después empezó a coser trajes a la moda, de estilo hippie; algunos clientes se casaban por la iglesia con sus atuendos. En el mismo local organizaba exposiciones de estudiantes de la Escuela de Bellas Artes de Cartagena y espectáculos de títeres los sábados.

Samudio recordaba que, al cabo de unos dos años, ya se habían alquilado todas las bóvedas. Más tarde empezaron a traer aquí a pasajeros de cruceros, y los antiguos cuarteles se convirtieron en el principal corredor de tiendas de recuerdos y artesanía de Cartagena de Indias. En el noveno recinto aún figura el nombre «El Artesano»: la tienda surgió de aquellos trescientos pesos con los que Petra compró la primera vajilla de barro, las maracas y los abanicos de palma.

Información práctica

Tiempo en la parada20 min
Siguiente puntoFin de la ruta
Entradaexterior|en el lugar

La galería y las tiendas abren según el horario diurno efectivo de los vendedores; la línea superior de la muralla puede restringirse por seguridad, el tiempo o eventos de la ciudad.

Comprobado: 1 de julio de 2026. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.

Las tiendas pueden visitarse libremente, pero los locales comerciales siguen en funcionamiento. Aléjese de los escaparates para apreciar el ritmo general de la galería y el grosor de la mampostería.

Siguiente paso

¿Adónde seguir?

El paseo terminará en la novena bóveda, «El Artesano», entre la arcada de ladrillo y las tiendas actuales.

Parada 7 de 7Fin de la ruta

Ruta terminada

Paseo completado

«Barrio de San Diego: monasterios, teatro y la muralla norte» — 7 paradas, ~2 km, 2–2,5 horas.

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