Parada 4 de 5

Baluarte de San Ignacio

Baluarte de San Ignacio

Dos líneas de mampostería conservan el resultado de una disputa de muchos años entre el colegio y la defensa militar.

15 min
Baluarte de San Ignacio en la línea marítima de las fortificaciones de Cartagena.
Andrés Felipe Anaya Marimon · CC BY-SA 4.0; cropped/resized for app; ShareAlike applies
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Mira primero a tu alrededor

En qué fijarse

  • La antigua muralla bajo el edificio del Museo Naval del Caribe
  • La nueva línea de muralla junto al agua
  • La Calle de la Ronda entre las murallas
  • La explanada de artillería del bastión

La historia del lugar

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Por la Calle de la Ronda, los soldados recorrían las fortificaciones sin bajar a la ciudad: el estrecho paso queda encajado entre la antigua muralla y la nueva línea junto al agua. Al lado se encuentra la explanada del Baluarte de San Ignacio; sus cañones cerraban el muelle, la bahía de las Ánimas y el acceso desde Bocagrande, y aquí estaban en servicio dieciocho piezas de artillería. Hacia mil setecientos treinta, la fortificación se desplazó más cerca del agua y recibió su trazado actual. El antiguo nombre, Baluarte de los Moros, se cambió por Baluarte de San Ignacio debido a la iglesia jesuita vecina.

En mil seiscientos treinta y ocho, el nuevo gobernador de Cartagena, Melchor de Aguilera, vio aquí un colegio jesuita construido directamente sobre la muralla defensiva. Bajo el edificio, los monjes habían abierto dos puertas hacia el exterior. Para un militar, aquello significaba que en la muralla que protegía el puerto habían aparecido dos pasos ya preparados.

Cerca se encontraba un bastión cuyos cañones mantenían bajo fuego el muelle, la bahía de las Ánimas y el acceso desde Bocagrande. En su explanada se emplazaban dieciocho piezas de artillería. Un tramo recto de muralla lo unía con el bastión vecino, y los soldados debían poder recorrer esta línea sin obstáculos. El colegio ocupaba precisamente su camino.

Antes de Aguilera, quien resolvió esta disputa fue su predecesor, Francisco de Murga, gobernador e ingeniero militar que estaba concluyendo las fortificaciones de Cartagena. La muralla atravesó el terreno asignado a los jesuitas, y Murga les permitió construir sobre ella. Los monjes querían conservar la casa y la escuela de la Compañía de Jesús; al terminar las obras, habían invertido en el edificio unos cincuenta mil pesos de oro. Además, el propio Murga consideraba que esta orilla estaba suficientemente protegida y no veía en el colegio una amenaza seria.

Aguilera razonaba de otro modo. Informó al rey Felipe Cuarto sobre las puertas y exigió que se despejara la muralla. Ese mismo año de mil seiscientos treinta y ocho llegó desde España la orden de demoler el cuerpo del edificio situado sobre la fortificación. Para los jesuitas, aquello suponía perder el trabajo de muchos años y el dinero invertido. Pedían prórrogas, discutían con los gobernadores y alegaban que no tenían medios para trasladarse. Los ingenieros militares volvieron a exigir la demolición. La correspondencia a través del Atlántico continuó durante décadas.

La solución la propuso el ingeniero Juan de Somovilla, a quien se encargó restablecer la defensa continua del puerto. En mil seiscientos cincuenta y seis trazó una nueva muralla por fuera del colegio. El rey aceptó con la condición de que los jesuitas pagaran la muralla y dos bastiones. El colegio permanecía en su sitio, la mampostería antigua bajo él pasaba a formar parte del edificio y, entre ella y la nueva línea, quedaba libre un paso para los soldados. Los jesuitas conservaron su escuela, pero recibieron la factura por trasladar las fortificaciones; los militares obtuvieron una muralla cerrada y un camino de ronda.

Las obras se prolongaron casi otros tres cuartos de siglo. Hacia mil setecientos treinta, el ingeniero Juan de Herrera y Sotomayor desplazó este bastión más cerca del agua y le dio sus dimensiones actuales. El estrecho espacio entre las dos murallas se conservó como la Calle de la Ronda, literalmente la calle del recorrido militar. El antiguo cuerpo jesuita alberga ahora el Museo Naval del Caribe.

Junto con el bastión se desplazó también su nombre. La iglesia jesuita cercana estaba dedicada a Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; hoy es la Iglesia de San Pedro Claver. Tras la reconstrucción, el antiguo Baluarte de los Moros pasó a llamarse Baluarte de San Ignacio. Los jesuitas conservaron el edificio sobre la antigua muralla, y el nombre de su fundador quedó en la nueva.

Información práctica

Tiempo en la parada15 min
Siguiente puntoBaluarte de Santo Domingo
Entradaacceso libre

Deténgase donde puedan verse al mismo tiempo el bastión, el complejo vecino y el agua: su posición relativa explica la historia mejor que cualquier interior.

Siguiente paso

¿Adónde seguir?

Siga junto al agua por la muralla hasta la amplia explanada de Santo Domingo.

Parada 4 de 5Después: Baluarte de Santo Domingo

Ruta terminada

Paseo completado

«El antiguo puerto de Cartagena: puertas, plazas y baluartes» — 5 paradas, unos 950 m, 2–2,5 horas.

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