Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje
- Árboles del parque
- Bancos
La historia del lugar
En el extremo occidental de la antigua La Habana, una capilla franciscana marcaba el final de una procesión que repetía el camino de Cristo al Gólgota. Junto a ella, las autoridades municipales conservaron un terreno libre del que surgió la plaza. Los puestos de madera fueron sustituidos más tarde por hileras comerciales de piedra, pero un incendio las destruyó y el lugar se transformó en un pequeño parque. La iglesia se alza al borde de la vegetación, y los árboles y los bancos ocupan el antiguo mercado.
A mediados del siglo diecinueve, mujeres que se ganaban la vida lavando ropa acudían en grupos a la misa de las siete en esta iglesia. Después del oficio no se dispersaban. Los sirvientes de familias acomodadas llegaban a la plaza y contrataban a una lavandera para la casa de sus amos.
Entre las lavanderas libres de La Habana, casi cuatro de cada cinco figuraban en el censo colonial como negras o mulatas. Unas lavaban la ropa en casa del cliente. Otras se llevaban los fardos a sus casas y luego devolvían la ropa lavada y planchada. El trabajo dependía de los encargos, y la reunión matinal junto a la iglesia ofrecía la oportunidad de conseguirlos. Por eso la plaza también era conocida como Plaza de las Lavanderas.
Las mujeres se reunían precisamente aquí por la combinación de templo y mercado. Ya en mil seiscientos cuatro, la Orden Franciscana levantó una pequeña capilla en el extremo occidental de la La Habana de entonces. Aquí terminaba una procesión que repetía el camino de Cristo al Gólgota. En mil seiscientos cuarenta, el ayuntamiento dejó un espacio abierto junto a ella y creó una plaza.
El nombre oficial se tomó de la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje. El Cristo de este nombre es Jesús crucificado, ante cuya imagen viajeros y marineros pedían protección antes del camino, y al regresar acudían a dar las gracias. De ahí las palabras «del Buen Viaje».
A comienzos del siglo diecinueve se comerciaba en la plaza sin construcciones permanentes. En mil ochocientos treinta y seis, el capitán general Miguel Tacón ordenó sustituir los puestos de madera por hileras de piedra. El mercado atrajo aquí a vendedores y compradores, y la misa fijó para las lavanderas una hora constante para encontrarse con quienes buscaban sus servicios. Las mujeres convirtieron la plaza de la iglesia también en un lugar de contratación diaria.
Unos veinticinco años después, un incendio destruyó las hileras comerciales. Los restos fueron desmontados y, en mil ochocientos sesenta y cinco, se instaló aquí un pequeño parque. La iglesia sigue en su borde. Ya no hay puestos de piedra: los árboles y los bancos ocupan el lugar donde se contrataba a lavanderas después de la misa de las siete.
Información práctica
Este es un espacio urbano activo, así que elija un lugar para escuchar que no moleste a los feligreses ni a los vecinos. El acceso a la iglesia puede cambiar; el mercado histórico y las escenas literarias de este lugar deben imaginarse a partir del relato, no buscarse como una exposición conservada.
