Parada 2 de 5

Plaza de la Catedral

Aquí descubrirá cómo una orden nocturna cambió los propietarios de un templo inacabado y el nombre de la plaza.

10 min
Plaza de la Catedral
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Mira primero a tu alrededor

En qué fijarse

  • Fachada de la Catedral de La Habana
  • Dos torres de la Catedral de La Habana
  • Pavimento de piedra

La historia del lugar

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Cuando este lugar todavía era uno de los pocos espacios libres de la ciudad, aquí reunían el mercado y preparaban fiestas y sus ensayos. Los marineros cosían velas, trenzaban aparejos y guardaban barriles de agua para los barcos. Los habitantes querían conservar este lugar como espacio común, pero el permiso real destinó el solar a los jesuitas para un colegio y una gran iglesia de piedra. La fachada de la Catedral de La Habana, con sus dos torres, da directamente al pavimento de piedra donde antaño, junto al comercio, se acumulaban provisiones para los barcos.

En la noche del quince de junio de mil setecientos sesenta y siete, dos destacamentos de infantería rodearon el colegio de la Compañía de Jesús que se alzaba aquí. Junto a él había una iglesia aún sin terminar, la base de la actual Catedral de La Habana. Cerraron todos los caminos hacia el puerto para que nadie escapara ni alertara a la ciudad.

La operación estaba dirigida por Antonio María de Bucareli, gobernador militar de Cuba. Debía ejecutar en secreto la orden del rey Carlos Tercero: arrestar y expulsar a los jesuitas, y entregar sus bienes al tesoro. Los consejeros reales sospechaban que la orden era desleal y le atribuían participación en los recientes disturbios de Madrid, aunque no pudieron demostrar aquella acusación. Los jesuitas obedecían a sus superiores en Roma, administraban recursos considerables y educaban a los hijos de familias influyentes. Bucareli temía que encontraran defensores.

Hacia las tres de la madrugada, los soldados entraron en el colegio. Reunieron a la comunidad en el cuarto del rector: el edificio no tenía una sala separada para tales reuniones. Bucareli leyó el decreto a Andrés de la Fuente, el rector responsable de las personas y los bienes del colegio. Después, los funcionarios sellaron la biblioteca, las cuentas y las cartas personales. Cada sacerdote solo podía conservar consigo un devocionario, tabaco y chocolate.

Esto muestra bien su situación. El colegio poseía ingenios azucareros, explotaciones ganaderas e inmuebles urbanos; los ingresos comunes se destinaban a la enseñanza, la construcción y el mantenimiento de la comunidad. Los propios jesuitas hacían voto de pobreza y casi no poseían bienes personales. Tras el arresto, tendrían que vivir de una pensión fijada por el rey: cien pesos al año, pagados con fondos de la misma orden confiscada.

Treinta y seis horas después, sacaron de aquí a los sacerdotes en seis carruajes y los embarcaron rumbo a España. El rector pidió a Bucareli que comunicara al rey que la comunidad no se había resistido: quería librar a sus hombres al menos de la acusación de rebelión. Ya no regresaron a La Habana. Después de España, enviaban a los exiliados más lejos, a territorios italianos.

Los jesuitas perdieron el solar que habían perseguido durante más de medio siglo. En mil setecientos, el obispo Diego Evelino Hurtado de Compostela, que deseaba abrir en La Habana la misión y la escuela de la Compañía de Jesús, pagó diez mil pesos por el terreno junto a la Plaza de la Ciénaga, la Plaza del Pantano. Primero levantaron aquí una capilla de postes de madera, bajo un techo de hojas de palma.

Tras la muerte de Compostela, los jesuitas decidieron reemplazar la capilla por un gran colegio y una iglesia de piedra. El procurador municipal Luis González de Carvajal se opuso. La Plaza de Armas ya había sido destinada a la guarnición, y este lugar seguía siendo el principal espacio libre para los habitantes de la mayor parte de la ciudad. Aquí celebraban fiestas y sus ensayos, y reunían el mercado; los marineros cosían velas, trenzaban aparejos y guardaban barriles de agua para los barcos. Carvajal procuraba que el solar se conservara para uso común y para la defensa del puerto.

Los jesuitas obtuvieron de todos modos el permiso real: primero para el colegio y, en mil setecientos veintisiete, precisamente para este lugar. El dinero para la fundación lo aportó el sacerdote habanero Gregorio Díaz Ángel, que legó a la orden todos sus bienes. La primera piedra de la iglesia se colocó en mil setecientos cuarenta y ocho. Diecinueve años después, el colegio ya funcionaba, pero el templo seguía inacabado: así lo encontraron los soldados de Bucareli.

Tras la expulsión de quienes lo construían, sus edificios recibieron otro uso. El colegio fue entregado al obispado y convertido en seminario. La antigua iglesia parroquial junto a la Plaza de Armas amenazaba con derrumbarse para entonces, por lo que el nueve de diciembre de mil setecientos setenta y siete la parroquia fue trasladada a la antigua iglesia jesuita.

A finales de la década de mil setecientos ochenta, La Habana recibió un obispado propio. El primer obispo de La Habana, Felipe José de Trespalacios, pagó con sus propios ingresos y con fondos de la diócesis la terminación y transformación del templo. No fue su tamaño lo que lo convirtió en Catedral de La Habana: se llama catedral al templo donde se encuentra la cátedra del obispo, su lugar oficial de servicio. Tras la aparición de esta cátedra, la Plaza de la Ciénaga comenzó a llamarse Plaza de la Catedral.

La actual Catedral de La Habana encierra aquella misma iglesia inacabada desde la que llevaron a los jesuitas al puerto. Su colegio se convirtió en seminario, el templo en la cátedra de otro clero, y el antiguo nombre de la plaza quedó solo en las antiguas actas municipales.

Información práctica

Tiempo en la parada10 min
Siguiente puntoPlaza del Cristo
Entradaen el lugar

Primero contemple la Catedral de La Habana en su conjunto desde el lado opuesto de la plaza. Entre solo cuando el acceso esté abierto y no durante un oficio cerrado; los frescos y los espacios de la iglesia no son imprescindibles para comprender esta parada.

Siguiente paso

¿Adónde seguir?

Deje la Catedral de La Habana a su espalda, siga por la calle Empedrado y, por la calle Villegas, baje hacia la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje.

Parada 2 de 5Después: Plaza del Cristo

Ruta terminada

Paseo completado

«La Habana Vieja: plazas desde la fortaleza hasta el puerto» — 5 paradas, unos 2,1 km, 1 h 55 min.

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