Parada 1 de 8

Puerta de la Justicia

Puerta de la Justicia

Esta parada explicará por qué la entrada ceremonial resultó ser un escenario adecuado para una disputa sobre el honor caballeresco.

10 min
Puerta de la Justicia en la Alhambra.
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En qué fijarse

  • La torre sobre el pasadizo
  • La ventana superior de la torre
  • El pasadizo en recodo

La historia del lugar

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La torre sobre el paso se alza junto a la muralla exterior de la Alhambra, y el camino interior se tuerce de inmediato, de modo que aquí no se puede entrar en línea recta en la ciudad palatina. Bajo Yúsuf I, esta entrada ceremonial y protegida quedó terminada en mil trescientos cuarenta y ocho; aquí recibían a embajadores, jefes militares e invitados nobles, mientras que los habitantes de la ciudad usaban con más frecuencia la Puerta de las Armas. Ante la muralla dejaban una amplia franja libre, donde los recién llegados armados permanecían a la vista, y la ventana superior de la torre permitía observarlos desde arriba.

Ante esta puerta prepararon una vez un campo para un duelo judicial. Un adversario se presentó con lanza y escudo, el otro se quedó en casa, y el juez dio la señal desde la ventana de la Torre de la Justicia.

Todo comenzó en Córdoba, en el otoño de mil cuatrocientos sesenta y nueve. Dos ramas del linaje Fernández de Córdoba se disputaban el cargo de alcaide de Alcalá la Real, una fortaleza fronteriza situada en el camino entre Castilla y Granada. Para estas personas, un cargo en la fortaleza significaba mando militar, ingresos y un lugar en la corte.

El hijo del conde de Cabra, el mariscal real Diego Fernández de Córdoba, llegó a Córdoba para apoyar a su candidato a un cargo municipal. Su pariente y rival Alonso de Aguilar invitó al mariscal a la mesa. No tuvieron tiempo de servir la comida: los hombres de Alonso apresaron al huésped y lo llevaron a la fortaleza de Cañete de las Torres. Durante varios días mantuvieron a Diego encadenado y después le obligaron a jurar que su familia renunciaría a Alcalá la Real. Solo entonces liberaron al prisionero.

La Corona de Castilla declaró inválido el juramento arrancado por la fuerza. Para Diego, aquello no bastaba. Lo habían atraído a una comida, lo habían encadenado y lo habían obligado a ceder la fortaleza de su familia; entre la nobleza, esa forma de derrota despojaba a un hombre de su honra junto con el cargo. El mariscal retó a Alonso a duelo.

El rey de Castilla prohibió a los parientes combatir. Entonces Diego fijó Granada, la capital del vecino Reino nazarí de Granada, como lugar de encuentro y pidió a Muley Hacén, el sultán de Granada, que los juzgara y garantizara la inviolabilidad de ambos adversarios. El sultán aceptó y expidió salvoconductos.

Alonso declaró que no confiaba en la promesa de un gobernante con quien Castilla alternaba la guerra y las treguas. Exigió que le entregaran como rehenes al anciano padre de Diego y a su hermano. Diego se negó a arriesgar a su padre y ofreció en su lugar a su propio hijo mayor y a dos hermanos. Alonso no aceptó la sustitución.

Pese a ello, el diez de agosto de mil cuatrocientos setenta Diego llegó a la Alhambra. Ante la muralla meridional se extendía entonces una amplia franja despejada donde se celebraban revistas militares, torneos y recepciones solemnes. Los servidores del sultán condujeron al mariscal a un recinto cercado para el combate. Muley Hacén apareció en la ventana superior de la Torre de la Justicia, la misma torre en la que se abren estas puertas, y dio la señal convenida. Diego tomó una lanza y un escudo. Un heraldo recorrió las cuatro esquinas del campo y, en cada una, llamó tres veces a Alonso de Aguilar. No hubo respuesta.

Seis días después, Muley Hacén hizo pública su decisión: Diego se había presentado conforme a las reglas y, por tanto, era considerado vencedor; su honor caballeresco quedaba restablecido. Alonso conservó la vida, pero recibió una derrota oficial por no comparecer. La disputa por las fortalezas y los cargos continuó sin duelo; en la generación siguiente, las dos ramas del linaje pusieron fin a su enemistad mediante el matrimonio de sus herederos.

El lugar fue elegido por la disposición de este punto. Yúsuf I ordenó terminar la puerta en mil trescientos cuarenta y ocho como entrada ceremonial y protegida a la ciudad palatina. Los habitantes comunes subían con más frecuencia por la Puerta de las Armas, mientras que aquí recibían a embajadores, jefes militares e invitados nobles. El campo abierto mantenía a los recién llegados armados ante la muralla, el sultán los observaba desde arriba y el pasadizo en recodo del interior retenía a todo aquel a quien, aun así, se permitía entrar.

El nombre árabe de la puerta es Bab al-Sharía. Desde antiguo se traduce como «Puerta de la Ley» o «Puerta de la Justicia», aunque algunos investigadores relacionan el nombre con la explanada exterior. Por eso, los relatos sobre una administración permanente de justicia bajo el arco siguen siendo discutidos. El duelo de Diego y Alonso está confirmado por su correspondencia y por crónicas antiguas.

El recinto cercado ya no existe: árboles y caminos ocupan la antigua franja abierta. Se conserva la torre desde cuya ventana Muley Hacén dio la señal para el combate. Bajo ella, Diego aguardó al hombre que nunca llegó a cruzar la Puerta de la Justicia.

Información práctica

Tiempo en la parada10 min
Siguiente puntoPlaza de los Aljibes
Entradadesde fuera

El conjunto, 8:30-20:00 en temporada de verano; 8:30-18:00 en temporada de invierno.

Comprobado: 28 de junio de 2026. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.

Observe ambos arcos antes de pasar bajo las bóvedas: al caminar, los símbolos pueden quedar fácilmente por encima de su cabeza. No se detenga en medio de la entrada concurrida.

Siguiente paso

¿Adónde seguir?

Pase bajo la torre y continúe subiendo hasta la explanada nivelada ante la Alcazaba.

Parada 1 de 8Después: Plaza de los Aljibes

Ruta terminada

Paseo completado

«Alhambra y Generalife: poder, agua y personas» — 8 paradas, unos 2,4 km, 3 horas.

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