Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- Piedra rosa de la fachada
- Pizarra gris oscura
- Mármol blanco
- Escudo con la cruz de Génova
La historia del lugar
A lo largo de Vía Garibaldi se extiende el palacio más largo de la calle; su fachada está compuesta de piedra rosa, pizarra oscura y mármol blanco. Más tarde se añadieron dos logias abiertas a los lados del cuerpo principal, alargando aún más el edificio a lo largo de la calle. En las listas de los rolli recibió la categoría más alta, destinada a acoger a los huéspedes más importantes de la República de Génova. Ahora, bajo el portal con el escudo y la cruz genovesa, trabajan los servicios municipales, se reúne el consejo y está abierto un museo municipal.
Niccolò Grimaldi, llamado el Monarca, encargó este palacio en mil quinientos sesenta y cinco, cuando uno de sus principales deudores era el rey español Felipe II. Grimaldi era un banquero genovés: adelantaba efectivo para pagar los salarios de los ejércitos y la flota españoles mientras la plata de los dominios del rey todavía estaba en camino. Ganaba con los intereses y con las transferencias de dinero entre ciudades europeas. Arriesgaba su propio capital: si la tesorería real demoraba el pago, no había con qué reponer las sumas adelantadas.
Durante un tiempo, aquel riesgo le procuró tierras y títulos. Grimaldi compró posesiones en el sur de Italia, se convirtió en príncipe de Salerno, y sus contemporáneos, por su riqueza, lo apodaron el Monarca. En la entonces Vía Garibaldi —la actual Vía Garibaldi— adquirió un solar que permitió construir el palacio más largo de la calle. La piedra rosa de Finale Ligure, la pizarra gris oscura y el mármol blanco de Carrara de la fachada mostraban adónde había ido parte de los beneficios bancarios. En las listas de los rolli, la residencia fue incluida de inmediato en la categoría más alta: aquí debían recibirse los huéspedes más importantes de la República de Génova.
En mil quinientos setenta y cinco, Felipe II declaró en quiebra la tesorería. De los treinta y siete millones de ducados de deuda, diez millones correspondían a financieros genoveses, y la Corona debía la mitad de esa suma a Grimaldi solamente. El banquero intentó negociar directamente con el rey, pero no logró recuperar el dinero de inmediato. Dos años después, la parte española reconoció solo una parte de las reclamaciones. A cambio, los genoveses se comprometieron a proporcionar de nuevo al rey cinco millones de ducados, y Grimaldi y sus socios debían conseguir más de la mitad de esa nueva suma.
No acabó arruinado, pero ya no podía sostener los gastos de antes. Grimaldi empezó a vender ciudades y tierras del sur de Italia, y después se desprendió de Salerno y del título principesco. A finales de mil quinientos noventa y tres, llegó el turno del palacio genovés: el Monarca vendió su residencia principal por cincuenta mil escudos. Probablemente murió ya al año siguiente.
Unos años después, el palacio fue adquirido por Gian Andrea Doria, príncipe de Melfi y almirante al servicio de España. Destinó la residencia a su hijo menor, Carlo Doria, y ordenó añadir dos logias laterales abiertas que todavía alargan la fachada a lo largo de la calle. Carlo ostentaba el título de duque de Tursi, por el nombre de una ciudad del sur de Italia. De él procede la segunda parte del nombre actual: Doria es el apellido de los nuevos propietarios; Tursi, el título ducal del hijo.
Desde mediados del siglo diecinueve, aquí se encuentra la sede principal del municipio de Génova. En los despachos trabajan los servicios municipales, los concejales se reúnen en la sala del consejo y parte de la planta noble está ocupada por un museo municipal. Sobre el portal de mármol figura ahora un escudo con la cruz de Génova. El antiguo águila de los Doria ya no está allí; el apellido de la familia permanece en el nombre del palacio.
Información práctica
20 de abril—30 de septiembre de 2026: martes—domingo 10:00–19:00; lunes cerrado. Última entrada una hora antes del cierre.
Comprobado: sin fecha. Comprueba la fuente oficial antes de visitar.Primero contemplen el edificio entero desde fuera, en la medida en que lo permita la calle estrecha. Los espacios municipales y museísticos del interior tienen sus propias normas de acceso.
