Mira primero a tu alrededor
En qué fijarse
- La casa número veinte
- La placa conmemorativa
- El canal de Nyhavn
- Los antiguos barcos-museo
La historia del lugar
Detrás de Charlottenborg comenzaba antiguamente el Jardín Botánico de Copenhague, pero fue trasladado y no queda nada del verde vecino de la casa número veinte. La propia casa se conserva en la hilera de fachadas junto al estrecho canal; en su pared cuelga una placa conmemorativa. En la parte interior de Nyhavn permanecen antiguos barcos-museo, y por el agua pasan embarcaciones turísticas.
Nyhavn significa «Puerto Nuevo». En mil seiscientos setenta y uno, Christian V mandó excavar un canal desde el gran puerto directamente hasta el nuevo centro comercial junto a Kongens Nytorv. Soldados y prisioneros de guerra suecos sacaron la tierra y, dos años después, dejaron entrar el agua en el canal. Los barcos de mar pudieron descargar junto a las casas de la ciudad. Por eso aparecieron cerca almacenes, tabernas y habitaciones de alquiler para quienes vivían del mar. Ahora ya no se transborda mercancía aquí: la parte interior del canal se ha destinado a antiguos barcos-museo, y por el agua circulan embarcaciones turísticas.
En septiembre de mil ochocientos treinta y cuatro, Hans Christian Andersen, de veintinueve años, se instaló en la casa número veinte. Ya publicaba poemas y obras de teatro, había realizado un viaje por Europa pagado por el Estado y buscaba obtener un reconocimiento literario firme. No tenía casa propia. La viuda de un capitán de barco le alquiló dos habitaciones en el segundo piso.
Andersen las describió en una carta: una cama, una estantería con papeles, una mesa, sillas y una estufa. Las ventanas del despacho daban al canal; desde allí se veían barcos de tres mástiles. Desde el dormitorio miraba hacia el otro lado: al Jardín Botánico de Copenhague, que entonces ocupaba el terreno detrás de Charlottenborg.
En Charlottenborg vivía Matthias Thiele, recopilador de leyendas populares y secretario de la Real Academia de Bellas Artes de Dinamarca. Un día, Andersen quiso entretener a la pequeña hija de Thiele, Ida y le contó que las flores del jardín vecino salían por las noches a bailar. Más tarde, el escritor conservó varias observaciones de la niña y las trasladó al cuento Las flores de la pequeña Ida.
Este entró en la primera colección de cuentos de Andersen junto con El encendedor, Claus el pequeño y Claus el grande y La princesa y el guisante. Los tres primeros argumentos los había oído ya en su infancia; la historia de Ida nació aquí, entre la habitación de alquiler, la familia Thiele y el Jardín Botánico de Copenhague detrás de la casa. Andersen escribía los cuentos como se los contaría a un niño: con una sintaxis coloquial, pensada también para un oyente adulto. Para la prosa danesa de aquella época, era una elección poco habitual.
El primer cuaderno apareció en mayo de mil ochocientos treinta y cinco. Un crítico anónimo declaró que los cuentos no eran adecuados para niños: en su opinión, un libro infantil debía perseguir un objetivo más elevado que el entretenimiento. Le indignaban especialmente los asesinatos del cuento Claus el pequeño y Claus el grande y la sensibilidad de la princesa, que descubrió el guisante bajo los colchones de plumas. Andersen llevaba muy mal las críticas y, veinte años después, aún recordaba precisamente esta.
Siguió publicando cuadernos de cuentos. Hasta mil ochocientos cuarenta y dos aparecieron seis y, para mil ochocientos setenta y dos, Andersen había publicado más de ciento cincuenta cuentos e historias. El nombre de la niña permaneció en el título de uno de los primeros.
El Jardín Botánico de Copenhague fue trasladado desde Charlottenborg en mil ochocientos setenta y cuatro. Ya no está detrás de la casa número veinte. La casa se ha conservado y, en mayo de mil novecientos treinta y cinco, exactamente cien años después de la publicación de la primera colección, se instaló una placa conmemorativa en la fachada.
Información práctica
El paseo marítimo suele estar lleno y ser ruidoso; para el relato, busque un lugar fuera del paso y de las entradas de los establecimientos. Las casas de Andersen se contemplan desde fuera, y el ancla conmemorativa se encuentra en un espacio urbano abierto.
